jueves, 14 de mayo de 2026

 

MARCO TEÓRICO

ECONOMÍA DEL TIEMPO Y PRAXIS DEL SUBMITTERE

Apuntes hacia una síntesis materialista-existencialista

 

Pablosky Terreno

General Roca, Patagonia, Argentina

Mayo 2026 — Versión 8.0

 

 

 

«Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños.» — Vladimir Ilich Lenin

 

 

 

SOBRE EL MÉTODO: LA FILOSOFÍA DESDE LA INTERFAZ

Este marco teórico no reclama la genealogía de la biblioteca, sino la de la urgencia. No fue gestado en la comodidad de un seminario, sino en la horizontalidad de la cama —ese espacio de repliegue existencial muy cercano al poële de Descartes— y en la fatiga del cuerpo obrero.

Su validación no proviene de la cita académica, sino de un proceso de especulación dialéctica mediada por Inteligencia Artificial. Los conceptos aquí expuestos fueron testeados, tensionados y refinados en un diálogo constante con modelos de lenguaje (Kimi, Claude y Gemini). Esta colaboración no es accesoria: es la prueba misma del General Intellect en acción.

Utilicé a la IA no como una enciclopedia, sino como un espejo técnico para procesar el «ruido» de la experiencia y convertirlo en estructura. Si este texto logra una síntesis materialista-existencialista, es porque nació del cruce entre el vacío subjetivo y el procesamiento de datos del sistema. Es, en sí mismo, un acto de soberanía cognitiva.

 

I. LAS TRES DIMENSIONES DE LA OPRESIÓN

La explotación contemporánea no es un fenómeno unidimensional, sino una estructura trilógica que captura al sujeto en su totalidad.

Condición Material Primera (C1): La Necesidad Colonizada

El ser humano es, en su base, un organismo de necesidad. Antes de cualquier idea, cualquier cultura, cualquier filosofía —existe el hambre, el frío, el cansancio. Pero la necesidad no es solo el punto de partida —es el motor del acto que define a la especie: el trabajo.

A diferencia de otros animales, el ser humano no solo reacciona a la carencia —la transforma. Antes de trabajar, imagina el resultado. Después lo materializa. En ese acto de transformación consciente de la naturaleza, el ser humano se realiza como especie. A esto Marx lo llamó trabajo en sentido genérico —no el empleo ni el salario, sino el acto creador que conecta al sujeto con la materia y con su propia humanidad. Cuando pego un ladrillo y veo la pared que construí, me reconozco en ella. El trabajo en su forma originaria no es sacrificio —es realización.

Durante miles de años, esa realización fue colectiva. Las primeras comunidades no tenían propietarios ni desposeídos —tenían producción común y distribución compartida. La necesidad era de todos, el trabajo era de todos, y el producto también. A esto Marx lo llamó comunismo primitivo: no una utopía, sino una realidad histórica concreta.

Todo cambió con el excedente. Cuando la producción superó el consumo inmediato apareció la posibilidad de acumular. Y con esa posibilidad, una pregunta nueva: ¿de quién es lo que sobra? La respuesta no fue neutral ni inevitable —fue histórica y violenta. Quienes tenían más fuerza, más organización o más control sobre los medios de producción se apropiaron del excedente. La apropiación privada destruyó las relaciones comunitarias de producción y dividió a la humanidad en dos posiciones fundamentales —los que poseen y los que no poseen.

Desde ese momento, cubrir la necesidad básica dejó de ser un derecho colectivo y el trabajo dejó de ser realización. Se convirtió en instrumento de otro. Ya no trabajo para crecer —trabajo para sobrevivir. El producto no me pertenece, el proceso no me define, el tiempo libre es una migaja que el sistema llama descanso. La conexión entre el ser humano y su acto creador quedó rota. Ahí nace la Condición Material Segunda: el trabajo alienado como destrucción histórica de lo que el trabajo originariamente constituía.

Aquí vale una advertencia que Marx le hizo implícitamente a toda la filosofía que lo precedíó, incluido Hegel: el Espíritu Absoluto, la Razón Universal, la contemplación filosófica —todo eso fue posible porque alguien más resolvió la necesidad por quienes pensaban. Hegel escribió su filosofía apoyado en miles de trabajadores que nunca tuvieron tiempo libre para pensar. No lo vio —o no quiso verlo. Las condiciones materiales de existencia no son el fondo oscuro del pensamiento humano: son su condición de posibilidad. Las debilitan para quien no posee y las amplífican para quien tiene tiempo libre. Toda filosofía honesta debe reconocer desde dónde piensa.

Condición Material Segunda (C2): La Plusvalía del Cuerpo

La apropiación del excedente no fue un momento histórico que quedó atrás. Fue el punto de partida de una lógica que se fue perfeccionando durante miles de años hasta llegar a su forma más eficiente: el capitalismo industrial.

Con el feudalismo, la extracción era visible y brutal —el siervo trabajaba tres días para el señor y tres para sí mismo. La opresión era transparente. Con el capitalismo, la extracción se volvió invisible y por eso más eficiente: el trabajador es «libre» de vender su fuerza de trabajo a quien quiera. Nadie lo obliga. Pero si no la vende, no come. La libertad formal oculta la coerción material.

Marx llamó a esto plusvalía: la diferencia entre lo que el trabajador produce y lo que recibe como salario. Ese excedente —que hoy llamaríamos ganancia— no surge de la inteligencia del capitalista ni del riesgo del inversor. Surge del tiempo de vida del trabajador que no le es remunerado. El salario no paga el trabajo —paga exactamente lo necesario para que el trabajador pueda volver a trabajar mañana. Reproduce la necesidad para el siguiente ciclo.

El cuerpo del trabajador se convierte en mercancía. Su tiempo de vida —irreversible, finito, irrecuperable— se transforma en valor de cambio. Y el miedo a la precariedad —a no poder cubrir la C1— es el látigo invisible que garantiza la disciplina sin necesidad de capataz.

Aquí vale una precisión que Marx desarrolló en los Grundrisse y que conecta directamente con la C3: el capitalismo no solo extrae trabajo físico. Extrae conocimiento. A esto Marx lo llamó General Intellect —la inteligencia colectiva acumulada por la especie, incorporada a las máquinas, a los procesos productivos, a la organización social. Cuando una fábrica automatiza una tarea, no está usando capital —está usando conocimiento acumulado por generaciones de trabajadores. Ese conocimiento fue apropiado, codificado y puesto a producir para el capital sin retribución a quienes lo generaron. El conocimiento no es metafísico ni flota libre de las condiciones materiales: es una fuerza productiva. Su apropiación por el capital es tan real como la apropiación del tiempo de trabajo físico. La C2 no termina en la fábrica —se extiende hacia la mente. Ahí nace la Condición Material Tercera.

Condición Material Tercera (C3): La Plusvalía de la Atención

El capitalismo del siglo XXI encontró una nueva frontera de extracción: la cognición humana fuera de la jornada laboral formal. La lógica es la misma que en la C2 —apropiación del tiempo de vida para generar valor— pero el mecanismo es radicalmente distinto. Ya no necesita el látigo de la precariedad inmediata. Usa algo más sofisticado: el deseo, la validación social, el miedo al olvido.

Las plataformas digitales no son servicios gratuitos. Son fábricas donde la materia prima es la atención humana y el producto es el dato de comportamiento. Cada scroll, cada like, cada segundo de visualización es trabajo no remunerado que genera valor para el capital. El usuario no es el cliente —es el obrero. Y a diferencia de la fábrica, este obrero trabaja voluntariamente, con placer, en su tiempo libre, convencido de que se está divirtiendo.

Si en el siglo XIX el capitalismo luchaba por extender la jornada laboral a 12 o 16 horas, en el siglo XXI logró algo más ambicioso: colonizar las 24 horas. No mediante la obligación sino mediante la seducción. El algoritmo no te ordena quedarte —te engancha. Está diseñado con precisión científica para explotar los mismos mecanismos neurológicos que evolucionaron para garantizar la supervivencia: la búsqueda de novedad, la validación del grupo, el miedo a la exclusión social.

Aquí el General Intellect adquiere su forma más perversa: el capital usa el conocimiento acumulado sobre la psicología humana para extraer atención. Las neurociencias, la psicología del comportamiento, el diseño de experiencia de usuario —todo ese saber colectivo está puesto al servicio de maximizar el tiempo que pasás mirando una pantalla generando datos.

El resultado es la forma más sofisticada de alienación que haya existido: el sujeto no solo está alienado de su producto de trabajo —está alienado de su propio pensamiento. No sabe qué piensa realmente porque nunca tiene el silencio suficiente para saberlo. El ruido digital permanente no es accidental —es funcional al sistema.

Y aquí se cierra el círculo con la C1: la atención colonizada impide que el ciclo metabólico cierre. El cuerpo descansa pero la mente sigue trabajando para el capital. La carencia artificial es ahora cognitiva —nunca hay suficiente silencio, suficiente tiempo, suficiente pensamiento propio. Las tres condiciones operan simultáneamente sobre el mismo sujeto. Eso es el Submittere.

Nota: Incluso este marco teórico fue forjado usando las mismas herramientas que el sistema usa para la sustracción de atención, pero desviando su potencia hacia la producción de Tiempo Soberano.

 

II. EL SUBMITTERE: LA CONDICIÓN MATERIAL FUNDAMENTAL

El Submittere (del latín: sub – debajo, mittere – ceder/enviar) no es una condición más, sino la síntesis operativa de las tres anteriores.

Es la praxis donde el capitalismo logra su victoria más eficiente: el sujeto, cercado por la necesidad (C1), agotado por el trabajo (C2) y anestesiado por el algoritmo (C3), se auto-cede al sistema. En el Submittere, el oprimido se convierte en el administrador de su propia explotación. Es un estado de rendición ontológica donde el sujeto deja de ser dueño de su tiempo para ser procesador de estímulos del capital.

El capitalismo cognitivo no suprime el deseo; lo redirige hacia satisfacciones de mínimo esfuerzo energético, bloqueando el acceso a formas de gratificación que requieren elaboración subjetiva y producen efectos duraderos.

La trampa: el sujeto busca refugio en el consumo digital como alivio del agotamiento, pero en ese acto entrega su atención —última dimensión no apropiada— al sistema que lo agota.

La psiquis del Submittere

El Submittere no es meramente un mecanismo externo de dominación; es una estructura de existencia psíquica. El sujeto entrelaza las tres condiciones para construir una realidad que le resulte soportable. Desarmar ese nudo implica una caída al vacío existencial: la vivencia de no tener un lugar en el mundo.

Esta interdependencia forma un ciclo cerrado de autodefensa:

   La necesidad (C1) impone el sacrificio: el sujeto acepta la servidumbre mediante el imperativo de la supervivencia.

   El trabajo (C2) amortigua la necesidad: la alienación laboral proporciona una identidad y una rutina que mantienen a raya el terror de la precariedad.

   El algoritmo (C3) amortigua el trabajo: la gratificación digital opera como anestésico que compensa el desgaste del tiempo de trabajo.

 

Cada cuerda sostiene a las otras. Soltar una cuerda amenaza con desintegrar al sujeto mismo. Por esto, la opresión no se sufre solo como una imposición —se defiende como una estructura de supervivencia psíquica.

 

III. EL AUGENBLICK MATERIALISTA: LA FALLA DEL SUBMITTERE

Advertencia sobre el origen del concepto

El concepto de Augenblick pertenece a Heidegger, cuyo compromiso con el nazismo en 1933 no es un dato biográfico menor sino una consecuencia política de su propia ontología. En Heidegger, la finitud genera autenticidad individual que puede cerrarse sobre una comunidad étnica o nacional —ahí está el peligro. Este marco realiza un desplazamiento explícito y opuesto: la finitud no separa al sujeto del otro sino que lo une a él en la misma condición de explotado. El tiempo que se acaba no es mío contra el tuyo —es nuestro, apropiado por el mismo mecanismo. Por eso lo llamamos Augenblick materialista: el concepto es desplazado de la subjetividad individual y el cierre identitario hacia el reconocimiento de condición común. El materialismo es la vacuna contra el peligro político que el concepto arrastra.

La falla estructural del sistema

El Submittere no es eterno. Tiene una contradicción interna que el sistema no puede resolver: para sostenerse necesita prometer más de lo que puede cumplir.

La promesa es siempre la misma en sus distintas formas históricas: trabajá y tendrás techo. Consumí y serás visto. Votá y serás representado. La promesa no es un error del sistema —es su mecanismo de reproducción. Sin ella, la aceptación del orden existente no tiene fundamento.

Pero el capitalismo en su fase actual produce estructuralmente incumplimiento. La precarización laboral no es una anomalía —es el modelo. La invisibilidad algorítmica no es un fallo técnico —es el negocio. La guerra normalizada, la crisis habitacional, la representación política vaciada de contenido: no son excepciones al sistema sino sus productos necesarios.

Cuando la promesa queda trunca —no para un individuo sino como experiencia colectiva y simultánea— el Submittere pierde coherencia. La lógica de construcción de vida que el sistema ofreció ya no cierra. Y en esa grieta aparece el Augenblick materialista: no como revelación sino como síntoma. La señal de que el contrato se rompió.

Ese instante no garantiza nada. Puede disolverse en la próxima distracción o convertirse en el punto de partida de una pregunta que el sistema no puede responder.

La finitud como pata cognitiva de la conciencia de clase

El materialismo histórico clásico explica con precisión estructural por qué el trabajador es explotado y cómo funciona ese mecanismo. Pero no termina de explicar la urgencia. Por qué ahora. Por qué no esperar.

Aquí es donde el existencialismo aporta lo que el materialismo clásico dejó incompleto. Cuando el sujeto en el Augenblick materialista no solo reconoce la explotación sino que siente que su vida se consume en ella, que el tiempo no vuelve, que no hay segunda vuelta —la conciencia de clase deja de ser un análisis y se convierte en urgencia existencial.

Esta es la pata cognitiva que faltaba: la finitud como acelerador político. No me reconozco solo como trabajador explotado —me reconozco como ser con tiempo finito cuya vida se consume en reproducir un sistema que no me pertenece. Eso radicaliza la conciencia porque ya no es solo un problema estructural abstracto: es mi vida concreta, irrecuperable, que se va.

La conciencia de clase se profundiza en tres dimensiones simultáneas: me reconozco como especie —organismo de necesidad sometido a carencia artificial—, como clase —explotado en mi tiempo de cuerpo y de mente—, y como ser cognitivo con capacidad de crear, pensar y transformar. Las tres juntas producen algo que ningún materialismo puramente estructural puede generar: la intransigencia del que sabe que no tiene tiempo que perder.

El Augenblick materialista dispara la pregunta. La militancia, la organización y la formación política la profundizan y le dan dirección. Sin el Augenblick, la formación política puede volverse académica —análisis sin urgencia—. Sin la formación política, el Augenblick se disuelve en angustia individual sin dirección. La chispa necesita combustible. El combustible necesita chispa.

Mi muerte = Tu muerte = Nuestro tiempo apropiado. El tiempo que el capital sustrae es nuestra humanidad misma.

 

IV. ONTOLOGÍA Y APROPIACIÓN DEL TIEMPO: UNA APERTURA AL DEBATE

El tiempo no es una invención humana arbitraria ni una categoría metafísica flotante. Tiene un origen material preciso: la finitud biológica.

El animal muere pero no sabe que va a morir. El ser humano sabe. Esa conciencia de la finitud es el momento específicamente humano —y es el origen del tiempo como dimensión. Antes de que existiera el reloj, antes de que existiera el calendario, existía la certeza de que algo termina. De esa certeza emerge el tiempo: lo que fue, lo que es, lo que vendrá.

En su estado originario el tiempo es presencia. No una línea que se administra sino la experiencia de estar aquí, ahora, vivo. Es inherente al ser humano porque nace con él —de su finitud, de su conciencia, de su necesidad de orientarse en la existencia.

Con el desarrollo de las fuerzas productivas el tiempo se abstrae. Deja de ser presencia vivida y se convierte en unidad de medida —horas, turnos, jornadas. Esa abstracción no es neutral: es la condición para que el tiempo pueda ser apropiado. Solo lo que se mide puede ser comprado y vendido.

El capital perfecciona esa abstracción hasta su forma más alienante: el tiempo deja de ser algo que tengo y se convierte en algo que me tiene. Ya no siento que estoy vivo y tengo tiempo —siento que el tiempo se acaba y debo usarlo para producir.

El materialismo no evade las ideas abstractas —explica su genealogía material. El tiempo es tan material como el salario: tiene un origen en el cuerpo, una historia en las relaciones de producción, y una forma actual determinada por el capital.

Se propone este marco como apertura al debate filosófico sobre la ontología del tiempo desde una perspectiva materialista. La pregunta que queda abierta es esta: si el tiempo es la dimensión dentro de la cual todas las condiciones materiales existen, ¿su reapropiación no es la condición de posibilidad de toda emancipación?

 

V. EL TIEMPO SOBERANO: UNA INVITACIÓN HEURÍSTICA

No afirmamos que el tiempo sea propiedad en sentido jurídico. Esa categoría pertenece al sistema que criticamos y no nos sirve para superarlo. Lo que afirmamos es algo más preciso: el tiempo es la única dimensión de la existencia donde la pregunta ¿qué hago? todavía tiene sentido. Es la condición de posibilidad de todo lo demás. Antes que clase, antes que cuerpo, antes que conciencia —somos tiempo finito.

Como punto de partida operativo, ofrecemos la siguiente ecuación:

Ts = Tv − (Tw + Ta + Tn)

Esta operación es, en rigor, una traducción forzada: traduce al lenguaje del sistema que criticamos —el lenguaje de la medición, la cuenta y la resta— una presencia vivida que en su origen no se administra ni se numera. La usamos no porque el tiempo sea matemáticamente conmensurable, sino para mostrar, precisamente, cuánto de esa presencia originaria se ha perdido bajo las formas de la apropiación capitalista.

   Ts : Tiempo Soberano – capacidad de crear historia

   Tv : Tiempo de Vida – finitud biológica

   Tw : Tiempo de Trabajo – C2 (apropiado por el capital)

   Ta : Tiempo de Algoritmo – C3 (sustraído por la atención)

   Tn : Tiempo de Necesidad – C1 (secuestrado por la precariedad)

 

La pregunta que abre no es técnica. Es política y existencial al mismo tiempo: ¿cuánto de tu tiempo de vida está siendo apropiado, y por qué mecanismo?

 

VI. GLOSARIO DE CONCEPTOS

Para evitar confusiones con el léxico materialista tradicional y precisar los conceptos originales de este marco teórico:

 

Conceptos propios de este marco

   Submittere: Estado de rendición ontológica donde el sujeto, cercado por las tres condiciones materiales, se auto-cede al sistema y administra su propia explotación. Síntesis operativa de C1, C2 y C3.

   Augenblick materialista: Desplazamiento del concepto heideggeriano. No es producido por la decisión del sujeto sino por la falla del sistema. Es el instante en que el Submittere pierde coherencia —cuando la promesa que sostiene el orden existente queda trunca— y el sujeto experimenta que la lógica de construcción de vida ofrecida por el sistema ya no cierra. No es revelación ni liberación: es síntoma positivo de la contradicción interna del capitalismo. Su potencia política depende de lo que se construya en esa grieta.

   Tiempo Soberano (Ts): El tiempo que resta después de las sustracciones del sistema. Capacidad de crear historia. Horizonte operativo de la emancipación.

 

Conceptos del marco materialista utilizados

   Apropiación: Acto del capital de apropiarse del tiempo ajeno (plusvalor-tiempo).

   Sustracción / Extracción: Proceso sistémico mediante el cual el capital despoja al sujeto de su tiempo de vida.

   Reapropiación: Acto del sujeto de recuperar su tiempo como dimensión soberana.

   Expropiación: Acto colectivo de revertir la apropiación (horizonte implícito del marco).

   General Intellect: Concepto de Marx (Grundrisse). La inteligencia colectiva acumulada por la especie, incorporada a los procesos productivos y apropiada por el capital. En su forma contemporánea incluye el conocimiento sobre la psicología humana usado para extraer atención.

   Trabajo genérico: Concepto de Marx (Manuscritos del 44). El trabajo en su forma originaria como acto creador que conecta al sujeto con la materia y con su propia humanidad. Su perversión histórica por el capital da origen a la C2.

 

 

 

El tiempo que el capital sustrae es nuestra humanidad misma. Reapropiémonos de él. No hay otra vida en la que hacerlo.


Pablosky Terreno

General Roca, Patagonia, Argentina

Mayo2026 — Versión 8.0

 

 

 

NOTA DEL AUTOR

Soy Pablosky Terreno. Músico, obrero de la construcción, militante de izquierda y persona que vive con trastorno esquizoide. No tengo formación académica ni cargo en ninguna institución. Este texto nació en el cruce de esas experiencias: la fatiga del trabajo físico, la práctica política organizada, el vacío existencial que la militancia no siempre alcanza a llenar, y una manera de ver conexiones donde el orden oficial solo ve ruido.

Mi música trabaja estos mismos conceptos desde otro registro: el amor y la conciencia de clase como dos caras de una misma pregunta por el tiempo que nos queda. Lo que aquí se formula en prosa, en las canciones se formula en afecto. Uno no sustituye al otro; se alimentan.

No escribo para aportar a un campo disciplinario. Escribo porque necesitaba entender por qué mi tiempo de vida se consumía en reproducir un sistema que no me pertenece. Los conceptos que aparecen aquí —Submittere, Augenblick materialista, Tiempo Soberano— son herramientas forjadas en esa urgencia, no en seminario. Si dialogan con Marx o con Heidegger, lo hacen desde la calle y el ensayo, no desde la cátedra.

 

Pablosky Terreno

General Roca, Patagonia, Argentina — Mayo 2026

 

Este documento es versión 8.0. Se actualizará a medida que se profundicen las investigaciones históricas, y se concreten los aportes de colaboradores académicos.

miércoles, 16 de julio de 2025

El amor no es un refugio. Es un territorio en disputa.

El amor romántico no nació del deseo.

Nació de una necesidad política: ordenar afectos, cuerpos y cuidados en función de la propiedad, la herencia, la producción.
No es un fenómeno natural, es una institución.
Una estructura que se presenta como espontánea, pero responde a intereses materiales.

La pareja moderna aparece cuando el capital necesita organizar la vida privada para asegurar obediencia, reproducción y eficiencia emocional.
Y lo logra: convenciendo a millones de que el amor es un destino personal, cuando en realidad es un dispositivo colectivo.
Dispositivo que distribuye tareas, temores y privilegios.
Dispositivo que jerarquiza el deseo, el cuidado y el tiempo.

Eso no lo desarma una charla, ni la buena voluntad.
Porque el problema no es cómo nos amamos: es desde dónde.
Y ese “dónde” está marcado por asimetrías de clase, de género, de acceso a recursos simbólicos y materiales.

El amor no es apolítico.
No es neutral.
No es puro.
Y decirlo no es matar el amor. Es abrirlo. Revisarlo. Reapropiarlo.

Porque el poder no desaparece en los vínculos sanos: solo se vuelve más sutil.
Opera en lo invisible: en quién espera, quién sostiene, quién puede irse sin consecuencias.
Opera en el “no lo dije para no herirte”, en el silencio como castigo.

Incluso cuando no hay intención de dañar, hay posiciones.
Y quien tiene más recursos —económicos, afectivos, narrativos— tiene más control.
No porque lo imponga, sino porque lo habita.
Y eso es poder.

Pero no todo está perdido.

Lo que está condicionado no está condenado.
El amor no puede salvarnos del sistema, pero puede conspirar contra él.
Puede dejar de ser trampa si se vuelve ejercicio consciente.
Si nombra las reglas y las rompe con ternura y responsabilidad compartida.

La salida no es renunciar a amar.
Es amar sabiendo desde dónde.
Y para qué.

Porque si el amor se convierte en territorio de crítica, cuidado y justicia, entonces no solo es vínculo: es praxis.
Y eso lo vuelve peligroso para el orden que lo necesita como consuelo.

No hay amor emancipado sin igualdad concreta.
No hay vínculo justo si no se interrogan sus condiciones.
Y no hay afecto libre en una estructura que premia la entrega ciega y castiga el pensamiento.

Este texto no pretende romantizar la crítica ni condenar el deseo.
Pretende cortarte el paso cuando ibas derecho a repetirlo sin saberlo.
Y darte, tal vez, una opción que no se parezca a resignarse, sino a rebelarse.

Porque cuestionar no es lo opuesto a amar.
Porque incomodar no es lo opuesto a cuidar.
Y porque dudar no es lo opuesto a sentir: es el acto de quien se niega a repetir lo que duele en nombre de lo que tranquiliza.

Porque resignarse es fácil.
Amar críticamente, no.
Nombrar el poder donde otros ven destino, desarmar la lógica donde otros ven magia.
Eso no es frialdad: es compromiso con lo que podría ser si dejara de ser lo que siempre fue.

El amor no se arruina por pensar demasiado.
Se arruina cuando se acepta sin preguntar de qué está hecho.
Y si no lo desarmamos nosotros, el sistema lo usará para seguir armándonos a su medida.

Así que no.
No es negar el amor.
Es  tomarlo de vuelta.
A sacarle el disfraz de eternidad.
Llenarlo de conciencia, de ternura real, de conflicto visible.
Y  decir, con el corazón intacto:

No quiero un amor funcional. Quiero uno político, mutante, vivo.

El amor no es refugio. Es territorio de disputa.

miércoles, 9 de julio de 2025

Ni raro, ni loco: enfermo

Hace cinco años me diagnosticaron un trastorno esquizoide de la personalidad, y desde entonces mi vida cambió para siempre.
Pude ponerle nombre a lo que me pasaba.

Vivo con síntomas constantes: ansiedad crónica, ataques de pánico intermitentes, disociación, aislamiento.
La mayor parte del tiempo no estoy del todo presente, camino, respiro, trabajo, pero no hay cuerpo. Es como vivir desde afuera. Todo parece ajeno: la gente, la ciudad, incluso mis propios pensamientos.

Me cuesta hablar, me cuesta sostener una conversación sin sentir que estoy actuando. Las palabras no me salen fluidas, tengo que forzarlas.
No entiendo bien los códigos sociales, me pierdo en los tonos, en los gestos, en lo que se espera de mí.
Intento imitar, pero a veces directamente me apago.

El aislamiento no siempre es voluntario. A veces me encierro porque no tolero el contacto humano, me abruma.
Otras veces no me encierro, simplemente no puedo salir. Me quedo quieto, bloqueado.
Paso horas frente a la computadora en piloto automático.

Me despierto y es ansiedad pura. El día a día me mata.
Hay días donde el solo hecho de responder un mensaje me paraliza.
Pienso cada palabra, borro, escribo, me angustio, lo dejo, o lo mando con culpa, sabiendo que no va a sonar “normal”.
Atender una llamada directamente no es una opción. No atiendo.

El diagnóstico fue un alivio. Le puso nombre a algo que me venía desbordando desde la infancia.
Desde muy chico sentí que no encajaba, que había algo defectuoso en mí.
Nunca entendí del todo cómo se vivía.
La música fue lo único que me dio permiso de existir.
Un espacio donde no tenía que explicar nada.
Hoy ya no me salva, pero sigue siendo mi forma de decir.
Escribir es un refugio. Casi el último que queda.

El 4 de junio de 2020 tuve una crisis fuerte. Terminé en salud mental en el hospital público.
Me diagnosticaron, me medicaron con 20 mg de Olanzapina diarios, empecé terapia.
Desde entonces estoy en tratamiento.

Pero el día a día sigue siendo difícil.

Trabajo y estudio, pero me exige un esfuerzo extremo.
Llego al fin de semana detonado, vacío, sin ganas de existir.
Me encierro, me acuesto a dormir días enteros. Dormir también es una forma de escape.

Mis vínculos son superficiales. No porque quiera que lo sean, sino porque no sé cómo sostener lo otro.
Intento aprender a conectar, pero no me sale naturalmente.
No es timidez. Es desconexión. Una barrera entre yo y la realidad.

Hay síntomas que no se ven.
No siento placer por casi nada.
No tengo emociones claras, ni alegría ni tristeza, solo ruido de fondo.
Mi cuerpo no responde a lo que pasa alrededor.
A veces me olvido que estoy vivo, y  es difícil.

La disociación es como estar presente pero con la mente en fuga.
Nada me impacta del todo, pero el cuerpo está tenso, en alerta, como si algo estuviera por pasar.
Camino por la calle y todo parece lejano, pero adentro hay ruido, presión en el pecho, nudo en la garganta.
No hay paz, ni siquiera en el vacío.

Pienso seguido en la muerte.
No con urgencia, ni dramatismo.
Es una idea que aparece como posibilidad, como alivio.
Saber que si un día todo se vuelve insoportable, hay una salida.
No tengo un motor de esperanza. Ni motivación. Ni objetivos.
A veces sueño, porque encuentro el único placer que puedo tener en mis pensamientos.
Pero no sigo porque creo que va a mejorar.
Sigo porque elegí no caerme, por ahora.

No tengo una vida funcional.
No tengo pareja, no tengo hijos, ni muchos amigos, ni una rutina estable.
Y además esto no tiene cura.
Pensar en el futuro me angustia.
No sé cómo voy a envejecer así.
No sé si voy a tener quien me acompañe.

No sé si voy a aguantar.

Escribo esto porque me cansé de estar ausente.
Porque desaparecí de muchos lugares, de muchos vínculos, y siento que, aunque nadie me lo haya exigido, debo una explicación.

No busco lástima.
No quiero consejos.
No necesito que me entiendan.

Solo quiero que esto exista fuera de mí.

Nunca me importó la opinión ajena.
Y mucho menos ahora.

Esto también soy.
Sigo existiendo.
Todavía estoy acá.

viernes, 4 de julio de 2025

informe parcial sobre una vida atravesada por la música

si uno pudiera trazar un mapa de la vida emocional, probablemente estaría hecho de canciones, no como decoración, sino como marcas reales, como cicatrices, como huellas que el tiempo no borra, en mi caso la música no fue un gusto adquirido, fue una presencia desde el principio, algo que ya estaba, antes incluso de que yo pudiera decir si me gustaba o no

de chico, en casa sonaban la negra sosa y la nueva luna, ese era el aire de fondo, la música compartida, la que entraba por las paredes, por los autos que pasaban, por las radios encendidas todo el día, después, un poco más grande, vino la televisión, y con ella mis primeros vínculos propios, esperar que pasaran “par mil” era como esperar una señal, algo que rompiera la inercia

después llegaron los discos que traían mis hermanas, los piojos, la renga, catupecu machu, bersuit, toda esa camada noventosa del rock nacional que me quedó grabada, mi adolescencia fue muy local, no me interesaban las bandas de afuera, no entendía lo que decían, no tenía acceso a las letras, era otra época, otro idioma, la única que logró colarse fue nirvana, green day vino después como system, metallica, lo que se filtraba por la tele, sin buscarlo

a los 15 apareció flema, aunque al principio no me entró, más tarde un disco de loquero me pateó la cabeza, a los 16 ya era un punk militante, vicioso, lleno de bronca, escuchaba nihilismo, 2 minutos, el otro yo, fun people, bulldog, distillers, ramones, pistols, y con el tiempo sin ley, embajada boliviana, superuva, mal momento, todo eso era mi refugio, mi identidad, mi manera de estar en el mundo

por mi cuñado conocí a silvio rodríguez y a joaquín sabina, él me enseñó mucho de lo que sé hoy, no solo musicalmente, sino en cómo mirar una canción, cómo dejar que una letra diga más de lo que parece, fue una influencia silenciosa pero muy concreta, me abrió otras puertas

a los 20 formé mi primera banda, tocábamos covers, era un laboratorio, un ensayo de algo más, después escribí mi primer disco, sabiendo que no tocaba bien, ni cantaba bien, pero con la necesidad clara de decir algo, de dejarlo grabado, de que exista, la banda se terminó y me invitaron a otro proyecto, esta vez traje mis temas, grabamos un disco, tocamos bastante, llegamos a telonear a muchos de los que admiraba desde pibe, incluso a marky ramone, eso fue fuerte, y también fue un límite, ahí me di cuenta de que no me alcanzaba con estar en la foto, quería otra cosa, más conexión real, más profundidad, menos show

la banda se rompió por internas, por diferencias que no supimos resolver, y para entonces yo ya venía escuchando otras cosas, me habían pegado los arctic monkeys, había vuelto a escuchar divididos con otra cabeza, y gracias a mi hermano conocí a lisandro aristimuño, eso me movió la forma de escribir, de mirar, el sonido seguía teniendo algo de punk, pero la intención ya era otra

el pato fontanet también fue y es importante, más él como figura que sus bandas, pero callejeros y don osvaldo siguen sonando en mis días, los redondos aparecieron poco, como pappo y algo del heavy nacional también me tocó, pero sumo me marcó fuerte, incluso intenté hacer algo en esa línea, pero no encontré a la gente adecuada, para tocar algo así se necesita estar un poco roto, y la mayoría cuida demasiado la forma

hasta la pandemia, siempre tuve algún proyecto en marcha, pero con los problemas de salud todo se frenó, intenté volver, no pude, y ahí se cortó el impulso por ensayar, por salir a tocar, por bancarme la escena, le perdí sentido a todo eso, pero nunca dejé de escribir

en ese nuevo contexto, más introspectivo, más realista, lancé mi etapa solista, publiqué un ep y un disco con canciones que arrastro desde 2010, no lo hice esperando aplausos, ni una respuesta, lo hice para sacarme algo de encima, para no acumular más, para soltar

en el medio de todo eso, siempre estuvo avril lavigne, no como un chiste irónico, sino como algo que me marcó, me enamoré, era adolescente, y la tele me mostraba algo que yo no entendía pero sentía, todavía la escucho, porque ahí hay algo mío, algo blando que todavía existe

hoy escucho lo que necesito, un día puede ser explenden o romanes, otro día aurora aksnes, billie eilish, mon laferte o iyah may, o divididos, o aristimuño, o un tanguito, o peteco carabajal, o todo lo que ya nombre, depende del cuerpo, no me identifico con un estilo, ya no creo en eso

escuchar flema me abrió la cabeza, ricky me mostró que se puede ser punk y llorar, que se puede desafinar y ser verdadero, que la pose no sirve si no hay verdad

hoy escribo con lo que tengo encima, enfermedad, miedo, amor, bronca, política, melancolía, no estoy buscando nada, no quiero entrevistas, ni fechas, ni prensa, ni seguidores, solo quiero vaciar lo que me sobra

mi historia con la música no es una historia de superación, ni de éxito, ni de épica barrial, es una historia llena de canciones, de bandas que se armaron y se rompieron, de letras escritas en cuadernos que ya no existen, de grabaciones hechas como se podía, de intentos torcidos y momentos hermosos también, una historia que no busca cerrar con una frase, solo dejar constancia de que estuve ahí

domingo, 29 de junio de 2025

No es necesario autodestruirse solo para probar que fuiste libre

 Durante mi adolescencia, la militancia política fue una experiencia de aislamiento y contradicción. Por un lado, había un compromiso genuino con la transformación social; por otro, una soledad estructural que marcaba el contexto. El futuro como concepto era incierto, y la perspectiva de cambiar el sistema parecía lejana.

En ese marco, el consumo de alcohol y otras drogas no solo cumplía una función evasiva, sino que operaba como un marcador social. Los vicios funcionaban como signos visibles de pertenencia y rebeldía. Tomar alcohol, drogarse, exponerse al límite, eran formas de demostrar adhesión a un grupo y, al mismo tiempo, afirmar una identidad que cuestionaba las normas establecidas.

Sin embargo, desde un punto de vista materialista, esta autodestrucción tenía un doble efecto: por un lado, expresaba una resistencia simbólica frente al orden dominante; por otro, servía como mecanismo de control social, funcional a la reproducción del sistema capitalista. El desgaste individual, el aislamiento y la fragmentación eran absorbidos y neutralizados por la maquinaria hegemónica, que permitía el consumo sin generar transformaciones estructurales reales.

La paradoja es que la rebeldía y la autodestrucción eran fenómenos co-constitutivos, coexistiendo sin resolver su tensión. En lugar de impulsar un cambio social efectivo, la autodestrucción reproducía la fragmentación y mantenía la pasividad bajo la apariencia de resistencia.

hoy con los años encima, tengo claro que no es necesario autodestruirse para demostrar libertad ni compromiso. La destrucción personal no equivale a una práctica política auténtica, sino que puede ser una forma de reproducción del control.

Esta conclusión no es un llamado a la resignación, sino una invitación a cuestionar las formas en que el sistema cooptó y desvió las energías de mi generación. Una invitación a reconocer que la libertad auténtica no se mide por la intensidad del daño, sino por la capacidad de construir colectivamente más allá de la mera supervivencia individual.

viernes, 27 de junio de 2025

El progresismo es izquierda?

El progresismo nació como un movimiento cultural y político que busca ampliar derechos, incluir a grupos históricamente marginados y promover valores de igualdad, diversidad y respeto. El progresismo se enfoca en corregir injusticias culturales y simbólicas —como el racismo en el lenguaje y las representaciones— sin cuestionar las raíces económicas y estructurales que sostienen esas desigualdades.

Sin embargo, en muchos casos, el progresismo se queda en la superficie de esas transformaciones, sin cuestionar ni desafiar la estructura económica y social que genera desigualdad material, explotación y pobreza. Por eso, aunque celebra avances culturales, suele desconectarse de la lucha por la redistribución de la riqueza y el poder.

El capitalismo no tiene problema con las palabras bonitas ni con las causas “progresistas”. Más bien las usa para verse bien y ganar apoyo. Empresas que hablan de inclusión usan lenguaje correcto, pero explotan a sus trabajadores con bajos sueldos y sin derechos. Gobiernos que impulsan la igualdad de género siguen recortando presupuestos y ajustando la vida de la gente. Organizaciones que defienden el medio ambiente reciben fondos de grandes empresas que destruyen la naturaleza.

La pobreza no se ve como parte del problema, sino como una desgracia que hay que “comprender” o “ayudar”, sin tocar lo que la genera. En vez de cambiar quién tiene la plata y el poder, se busca dar un poco de reconocimiento simbólico a quienes quedan afuera, sin redistribuir lo que es justo.

Sin conciencia de clase, el progresismo no enfrenta la raíz del problema: la explotación estructural que sostiene al capital. No cuestiona la propiedad, el poder ni la organización de la vida. Modera el conflicto con buenas intenciones, mientras lo esencial permanece igual.

La izquierda, en cambio, no adorna la desigualdad: la confronta. Su tarea no es hacer más amable la opresión, sino organizar a los de abajo para desmantelar un sistema que los necesita pobres, endeudados y fragmentados. La diferencia es clara: el progresismo habla de derechos; la izquierda habla de poder. El primero busca gestionar el daño. La segunda, terminar con su causa.


viernes, 20 de junio de 2025

La música en mi.

Desde que era pequeño, siempre sentí que no encajaba con el idioma del mundo. Las palabras habladas me sonaban extrañas, como si fueran una ropa que me quedaba demasiado grande o demasiado ajustada, pero nunca a la medida. Luego llegó la música. No como una simple distracción ni como una forma de arte. Llegó como un lenguaje propio, una manera de expresar lo que ni siquiera sabía que quería decir. A veces pienso que si no fuera por las canciones que he creado, no habría un recuerdo de mí mismo en mi propia mente. Como si el sonido fuera una marca de mi existencia, una huella emocional. No sé cantar como los demás. No sé tocar como aquellos que se dedican a practicar. Pero hay un pulso dentro de mí que, cuando lo dejo salir, me regresa una versión, un reflejo más sincero de lo que soy.